Andrea Changuán representa la Inquebrantable fuerza de una madre al volante

Andrea Changuán, a sus 29 años y con el corazón en Tulcán, equilibra el volante de un camión de 5 toneladas con el abrazo de sus dos niñas, una de siete años y una bebé de año y medio que aún lacta. Cumplidos sus 24, la joven profesional ha conquistado la carretera en un oficio tradicionalmente reservado para hombres, manejando su Chevrolet NPR para transportar el pulso comercial —desde medicinas hasta repuestos— entre Colombia y Ecuador, en una arriesgada rutina de dos o tres viajes por semana.
Cada travesía es un acto de amor y valentía. Los viajes a Guayaquil, que inician a las 5 o 6 de la tarde, la obligan a devorar la noche sin detenerse hasta llegar al destino tipo 7 de la mañana. “Suelo ir sola o a veces con mi hija mayor. Siempre está presente ese temor de viajar, pero yo me encomiendo a Dios,” confiesa. Su estrategia de seguridad es estricta: utiliza rastreo satelital y no se detiene a descansar, pues sabe que “este tiempo está peligroso en todo lado”, en especial en el tramo de Quevedo a Guayaquil. Solo se permite breves paradas en lugares seguros para comer y tanquear.
El verdadero costo de su trabajo se mide en días lejos de sus hijas. Antes de emprender la ruta, su amor se materializa en detalles de ternura: deja alistados los uniformes escolares,las tareas revisadas, las colaciones, la comida y la ropa de la bebé. A su regreso, después de dos días, se reencuentra con ellas, quienes se quedan bajo el cuidado de su madre. La nostalgia golpea fuerte en la cabina. “La bebé aún lacta y me extraña cuando viajo; es muy duro dejarlas. Me ha pasado que voy llorando hasta Quito”, relata conmovida. Mientras el asfalto corre bajo sus ruedas, sus hijas son su único pensamiento, preguntándose cómo estarán y qué sentirán. Por eso, sus días libres son un regalo que dedica “al 100% con mis hijitas, atendiendo los quehaceres de la casa.”
Condujo todo su embarazo
La adversidad económica en el país la impulsó a una muestra de fortaleza nada común: trabajó hasta el último día de su embarazo. Con determinación hizo un viaje a Guayaquil y regresó; luego, al siguiente día recogió una carga en Ipiales y por la tarde ingresó al hospital. Con orgullo, cuenta que su salud respondió y su niña nació “sanita.”
Su pasión por conducir la mantiene firme junto a su esposo, con quien compró el camión. Andrea nunca se sintió menos por su embarazo frente a sus clientes, y de hecho, al verla al volante, recibe felicitaciones que son “un aliento más para continuar.” Asegurar la carga con las fajas no fue un obstáculo, incluso embarazada, gracias a su entereza y la ayuda de compañeros cuando fue necesario.
Para ellas que conducen o quieren hacerlo
Su historia es un potente mensaje de empoderamiento para otras madres: “Recuerden que todas tenemos la capacidad de realizar lo que nos propongamos. No nos dejemos intimidar por una crítica o comentarios negativos, pues en la actualidad, hay muchas mujeres que conducen vehículos pesados”. Lo dice alto y claro Andrea, la madre que cambia pañales y conduce por peligrosas vías. Así nos demuestra que la ternura de un hogar y la dureza del camino pueden coexistir, siempre y cuando se ponga a Dios y la propia convicción en primer lugar, con la mira puesta en su próximo sueño: manejar su propio tráiler.



