Lejos de ser invisible el transporte irregular opera con normalidad. Camionetas, autos o furgonetas recogen pasajeros en sitos estratégicos, mercados y terminales improvisados. Así, de marginal pasó a ser parte del sistema de movilidad con reglas propias, actores definidos y demanda constante.
La decisión del usuario es práctica. En sectores rurales, donde los buses son limitados, el informal cubre ese vacío. Sin embargo, en zonas urbanas ya no responde solo a la necesidad, sino a una lógica de competencia directa. “Aquí todos saben dónde coger una camioneta. No es escondido, es parte del día a día”, afirma Francisco Díaz, comerciante.
Desde el transporte formal hay críticas. “Cumplimos normas y asumimos costos que ellos evaden”, señala el conductor José Llumitaxi. Los conductores informales se defienden: “No somos el problema, somos la solución ante un servicio insuficiente”.
Aunque las autoridades realizan operativos, estos son esporádicos y poco eficientes. La falta de control permite que lo informal se vuelva normal. El desafío ya no es eliminar el fenómeno, sino enfrentarlo sin ignorar las necesidades de la población.



