24 de enero 2026 12:07 por: Jorge Ricardo Cornejo
BV 174 Dic.- Enero 2026 • Esmeraldas
El transporte mueve al país y al mundo, pues sin su aporte las personas y las mercaderías no llegarían a su destino. En muchas ocasiones el transportista trabaja a pérdida, invierte mucho y gana poco, esa es la realidad. Solo miremos las empresas de transporte público en Quito, Guayaquil y Cuenca por citar las más grandes: cada fin de año cierran sus números con saldo en contra, a pesar de la afluencia de pasajeros. Esto se debe a los bajos costos del pasaje y altos costos de operación.
En el negocio de transportar pasajeros, al ser servicio público, se entiende que las pérdidas las debe asumir la administración de cada ciudad. Pero, eso no ocurre con el transportista cooperado o de alguna compañía que invierte fuertes sumas para adquirir una unidad y dar el servicio con reglas, normas y tarifas fijadas por políticos y no técnicos, que exigen subsidiar pasajes sin que nadie los compense.
En muchos casos el transporte está muy arraigado, viene de tradición y pasa de generación en generación. Son hijos que han tomado la profesión para que no se pierda lo que sus padres lograron con esfuerzo, vocación y esas ganas de servir a su comunidad a pesar de que las utilidades sean pocas y las reglas no siempre justas.
Entonces, ¿por que todos quienes reclaman venden sus unidades y se dedican a otra cosa? La respuesta es muy sencilla: porque para la gran mayoría de dueños el transporte es su vida y pasión. Lo llevan en la sangre, no les gusta ni quieren hacer otra cosa, viven enamorados de sus carros y de su profesión de conductores profesionales.
Son curtidos y viven endeudados en las casas comerciales, en las concesionarias, en el almacén de repuestos o con el carrocero ,y aún así, madrugan mucho y duermen tarde para dar el servicio a los usuarios.